Cuando durante toda tu vida has actuado, respirado y sentido a través del resto, el momento de soledad se vuelve insostenible, eso le pasó a la Monse, cuando estaba en casa, en la mitad del sillón, intentando saber quién es y para qué está acá.
Se da una, dos, tres y cinco mil vueltas por el reducido espacio de su casa, se ahoga, prende un cigarro, lo deja hasta la mitad y enciende otro, da vueltas el clóset y lo vuelve a ordenar.
Busca algo que ni siquiera sabe qué cresta es, trata de cosificarlo, de traducirlo en algo tangible, para así poder mirarlo, tomarlo y usarlo… Sería tan fácil.
Sale a la calle, aunque le da miedo. La gente la asusta, no porque la puedan asaltar o algo así, es porque en cada persona encuentra un motivo para vivir, en cada perro o gato callejero, es como si tuviera el mágico poder de transformarse en lo que la rodea, y así siente y vive como vive el perro, que camina sin destino, o como el gato que trepa arrancando del perro, o como cada persona que tiene una dolencia y ella cual Sor Teresa, busca solucionar eso que aqueja, que siente y duele muchas veces.
No, pero Monserrat no es Sor Teresa, es una mina cualquiera que es incapaz de vivir y sentir por sí misma, es una lata, un problema, y no es que su alma sea buena y quiera hacer el bien para todos, ni es la misión que dios le encomendó. Es que simplemente no es capaz de vivir de otra forma, después de todo, durante los últimos 28 años ha sido así y cambiar la rutina es difícil.
Pararse en el medio de la calle y esperar que pase un auto, mirar hacia el abismo del metro y querere lanzarte, tomarse un frasco de clonazepan, cortarse las venas en forma vertical y meter las muñecas en agua tibia. No po, no sirve.
Comienza un nuevo día y sigue sin poder vivir. Monse anda al terapeuta.